Me salí de mi casa a los 25: ¿Cómo independizarse y triunfar en el intento?

En México el sueldo de una mesera no alcanza para comprar alfombras de patrones exóticos, ni para tener el refri lleno de cervezas.

Adriana Elizondo

Adriana Elizondo

Happiness Manager en Cívica Digital

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Primeros años

Cuando tenía catorce años aspiraba a salirme de mi casa a los dieciocho, ser mesera de un restaurante y vivir en un departamento con alfombras de patrones exóticos y cuadros hechos por amigos artistas. Siempre habría cerverza en el refri y nuestros vecinos bajarían todos los jueves a filosofar sobre la vida. Nada muy alejado del "American Dream" que veía en las series y películas de Hollywood.

Cuatro años después me di cuenta que en México el sueldo de una mesera no alcanza para comprar alfombras de patrones exóticos, ni para tener el refri lleno de cervezas. Entendí que para poder salirme de mi casa y vivir en un departamento como me había imaginado tenía que tener un trabajo que me permitiera ganar lo suficiente, y a los dieciocho no lo iba a conseguir. 

La Universidad

Al graduarme comencé a buscar trabajo con una meta muy clara: no me quedaría a trabajar en la ciudad en donde nací.

Después entré a la universidad y me sumergí en el mundo estudiantil. Al mismo tiempo conseguí mi primer trabajo de medio tiempo; con un salario de tres mil pesos, no me alcanzaba para salirme de mi casa pero sí para viajar un montón. Conocí gran parte del país en esa etapa. 


¿Cómo le iba a explicar a mi familia que ya no quería vivir en mi casa sin ofenderlos? ¿Es la independencia algo que ofende a los que te quieren? Podría parecer. A los dos meses me surgió una oportunidad de trabajo en mi ciudad, una oferta suficiente como para independizarme. La tomé, pero no me salí de mi casa. Confieso que vi opciones de departamentos, incluso hice llamadas, pero siempre sin concretar nada. Viajé como nunca, pero cada sábado tenía que regresar para cumplir con mi hora de llegada (condición que por alguna razón me molestaba mucho). 

Un año y medio después decidí volver a emprender la búsqueda de trabajo; ahora sí, me salía porque me salía. Por mucho menos de lo que ganaba en ese momento, encontré trabajo en la Ciudad de México y me salí de mi casa. Acepté en cuanto me hicieron la oferta, pero cinco segundos después vinieron todas las dudas: ¿Y si no me alcanza? Hice cuentas todos los días previos a mi llegada a la Ciudad de México, estaba segura de que me iba a alcanzar, a pesar de que me dijeran una y otra vez que no iba a poder viajar, ni comer tan rico, ni ver mi baño impecable todos los días.  
 
Al día de hoy llevo seis meses viviendo en la capital del país. Vivo en un departamento sin alfombras de patrones exóticos, ni cuadros de amigos artistas; a veces hay cerveza en el refri y los vecinos son las personas más ruidosas que he escuchado en mi vida. Y esa, es la vida. No es lo que pintan las series o las películas de Hollywood, tampoco es lo que esperan tus papás de ti o la gente en general. Tampoco es cumplir con un rol predestinado. La vida son decisiones, dudas, intuiciones, huevos y confianza en ti misma. No es fácil ir por la vida sin seguir un patrón predeterminado, pero es mucho más interesante.  
 
Al final descubrí que no era la hora de llegada lo que me molestaba. Ahora llego más temprano, la independencia cansa pero también deja un sentimiento de felicidad que no cambiaría ni por ver mi cama hecha todos los días. 

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